Laura ya tiene coche y va a su trabajo todos los días a las ocho. Allí también está su novio. A todos nos parece que ha hecho una gran elección con ese chico. Y sentimos orgullo de ver a la nena tan enamorada, hasta ha perdido su malhumor característico.
Eva también tiene coche, pero al contrario que Laura, va al trabajo caminando, porque vive al lado, ha tenido mucha suerte. En su oficina le exigen ir bien arreglada y cada día lleva un modelito. Cuando me veo a su lado pienso que vestida así ha envejecido, aunque lo cierto es que no se ha hecho mayor, sino que ya es mayor, y tal vez yo tenga complejo de peter pan.
Arturo todas las mañanas se mete dentro de un traje y va hasta su trabajo a hacer de aeronáutico. Y cuando no trabaja le veo por la calle viniendo del tinte que vuelve a casa para seguir con el proyecto. Desde el primer día empezó ganando bien de pasta, y cuando recibió su primer sueldo nos invitó a pacharanes.
Rocío continúa llevando la carpeta bajo el brazo y el bolso en el hombro bien encajado, y camina todos los días el pasillo de Nuevos Ministerios para ir a clase. Es ambiciosa y ya tiene todos los cabos atados para su segunda carrera. También trabaja, pero dando clases a una niña y en un gimnasio del que esperamos no salga con un novio culturista.
Antonio ya tiene su propio ordenador en su cuarto, y cada vez edita más y más. Al igual que Rocío, no deja de saciar sus inquietudes y también estudiará al terminar la carrera. Es un culo inquieto y a menudo tiene demasiados proyectos en los que pensar. No me lo imagino sin nada en mente.
Y yo, que soy Yoli, los observo últimamente, porque tengo la sensación de que de repente se nos han caído cinco años encima. Tengo un poquito de miedo, de que se casen, de que se larguen a otro lugar a vivir, de que no sientan lo mismo que yo.
Al principio siempre sentía el mismo nerviosismo que el primer día. Se despojaba de su ropa tapándose con los trapos que se iba quitando, dejándolos lentamente en el suelo para que su cuerpo, que iba mostrándose imponente, no realizara movimientos bruscos que delataran que efectivamente se trataba de carne, carne que a pesar de ser turgente se mueve y tiembla. A ella le disgustaba que eso ocurriese.
Al prinicipio también él hacía la misma pantomima de disimular que no la veía. Pero ella, al querer ser discreta resultaba más descarada, su piel pálida, invernal, se aparecía con tanto sigilo que la habitación se inundaba de incertidumbre, de tensión, y en semejante situación a él le resultaba cada vez más complicado no mirarla.
Esos primeros minutos hasta que ella se sentaba en el sofá burdeos y él se movía de un lado para otro buscando botes espachurrados de pintura, y asfixiándoles aún más la corta existencia de que disfrutaban, transcurrían en silencio. En ese silencio creado por la desnudez de ambos, la física de ella y la mental de él.
Luego él buscaba alguna excusa para hacerla hablar, temas profundos, que la mantuviesen perdida en su diálogo para que así sus músculos se relajasen. Le gustaba agotarla mentalmente pues el impacto que ese cansancio ejercía en la textura de su piel teñía de realismo el lienzo. Las horas pasaban, a veces eran tres, a veces cinco, dependía, cada día amanecía de una manera y el humor de ellos también.
La modelo y el pintor eran uno en esa tarea sobrehumana que es la creación del arte.
Quiero ser modelo, quiero ser pintada.